RSS

NO DEBEMOS CONTESTAR AGRESIÓN CON AGRESIÓN

La ira, como decía el gran Séneca, es una de las pasiones humanas más viles. Nos conduce a hacer cosas que de otra forma difícilmente haríamos y nos lleva a realizar actos de los que después nos arrepentimos y al final no nos deja más que una desazón por haber actuado de esa forma y nos quedamos únicamente con el arrepentimiento de haber tomado decisiones o ejecutar acciones cegados por la furia y sin reflexionar seriamente lo que hacemos.

Hay distintas personalidades y distintas formas de tomar las cosas, cada quien puede entender de una forma u otra un posible agravio, sin embargo, en el cómo contestar a las ofensas es en donde deberíamos ejercitarnos constantemente, ya que en esas circunstancias, cuando nos sentimos ofendidos, es cuando regularmente actuamos de la forma más ridícula y despreciable. Creo firmemente que la ira es algo que debemos combatir desde la raíz, desde el primer momento en que comenzamos a sentir en nuestro ser que esa enfermiza emoción comienza a nacer. Debemos ejercitarnos seriamente en eso, y vaya que oportunidades no nos faltan, porque siempre habrá alguna persona o alguna circunstancia que nos puedan provocar enojo en algún grado. Pero justo ahí es donde debemos intentar poner un alto. ¿Cuántas veces no hemos hecho o dicho algo de lo que después, cuando las cosas se han calmado, nos arrepentimos? Si contesta afirmativamente a esta pregunta se dará cuenta de que en usted mismo está la prueba de que no es conveniente actuar bajo los efectos de la furia. La premisa básica que me gustaría explicar a continuación es que resulta algo ruin contestar una agresión con otra agresión. Se me preguntará ¿entonces qué debemos hacer? Pues ese es el meollo del asunto: lo que debemos hacer ante una agresión es absolutamente nada, es decir, no contestar la agresión como tal. Una agresión lleva a otra y esa a su vez a otra y de esa forma se convierte la situación en un círculo vicioso en el que de repente, sin habernos dado cuenta, ya estamos inmersos.

El primer paso para lograr esto es, antes que cualquier otra cosa, analizar hasta qué punto la supuesta agresión que sentimos es algo real. Esto se puede ilustrar con el siguiente ejemplo. Imagine que alguien le cuenta que alguien más habló mal de usted, que lo injurió o que dijo que era un bueno para nada o un flojo o cualquier otra cosa que venga a su imaginación y que considera tal cosa como una agresión. En principio, yo diría que enojarse ya solamente por esto es algo totalmente vituperable y hasta estúpido. Basta analizar lo siguiente: ¿Contra quién nos vamos a enojar en una situación así? ¿Contra el portador de este mensaje? Parece ridículo pensar en esta alternativa, pero como hay casos en donde se ha dado tal escenario, creo conveniente decir que enojarse contra el portador del mensaje es como enojarse con el invierno porque nos trae frío, es decir, una sandez propia de necios. Aquí alguien podría argumentar que probablemente el portador del mensaje es en realidad el emisor, y que está poniendo en boca de otro, ya por falta de valor, ya por alguna otra flaqueza de ánimo, las cosas que en realidad él quiere decirnos, y en ese caso, le contestaría lo que mencionaremos un poco más adelante, cuando lleguemos a ello. Antes de eso, retomando la cuestión que planteamos originalmente, ¿Contra quién es conveniente enojarnos en una situación así? Descartando como vimos previamente la posibilidad del portador del mensaje, el siguiente paso lógico parece ser enojarnos contra el supuesto emisor de los comentarios groseros hacia nuestra persona, y aquí tendríamos diversos escenarios. Por ejemplo, pudiera tratarse de que, según palabras del portador del mensaje, el supuesto emisor es alguna persona de nuestra confianza o alguien cercano, y en ese caso ¿sería conveniente en verdad enojarnos con esa persona? ¿No merecería acaso que al menos le diéramos el beneficio de la duda en base a esa confianza que nos ha demostrado previamente? Bien pudiera ser que esas palabras realmente no salieron de su boca y nosotros, en nuestra desesperación, ya nos estamos imaginando inmediatamente hasta la forma en que creemos que las pronunció y quisiéramos que llegara ya el momento para tenerlo frente a nosotros y reclamarle con todas nuestras fuerzas que cómo se atrevió. ¿En verdad, lo anterior no parece algo estúpido? Pues aunque parezca difícil de creer puesto en esos términos, así de simple se han acabado amistades o relaciones amorosas. Por otro lado, en caso de que el supuesto emisor fuera algún enemigo o alguna persona a la que por alguna razón no le caemos bien, y suponiendo que en verdad hubiera dicho de nosotros lo que se le atribuye ¿en verdad es conveniente enojarse contra esa persona? ¿Qué ganamos enojándonos contra alguien a quien sabemos que le caemos mal y que por ende la opinión que tenga de nosotros carecerá de objetividad y estará sesgada por esa disposición de ánimo? Si le caemos mal o tiene una predisposición negativa hacia nosotros ¿es conveniente de verdad dar crédito a sus palabras? ¿Qué nos debe importar lo que opinen de nosotros aquellos a los que les caemos mal? Sus razones tendrán para decir lo que dicen y para que nos tengan en baja estima, y nosotros tendremos razón también en dejarlos decir y no dar crédito a sus palabras, porque en realidad las palabras no golpean, lo que nos daña es la forma en que las tomamos y las valorizamos. Esto mismo es lo que contestaría a la cuestión previa que dejamos pendiente, es decir, qué hacer si el portador del mensaje es quien en realidad dijo lo que pone en palabras de otro. Pues resulta fácil ahora contestar que simplemente no dar crédito a sus palabras, porque resultaría que ese portador en realidad no nos tiene en buena estima por atacarnos y su opinión no será objetiva.

Con todo lo anterior lo que pretendo probar es que, por todo lo anteriormente descrito, no es conveniente enojarse contra nadie, ni contra el emisor del mensaje ni contra el portador del mismo. Al final, no son más que palabras, y enojarse contra las palabras es como enojarse contra el viento, es decir contra algo intangible que simplemente pasa ante nosotros.

Es importante también reflexionar sobre la posible agresión, darle el peso apropiado. Si alguien nos insulta a nuestras espaldas ¿qué mal nos hace? Si alguien nos insulta de frente ¿qué mal nos hace en realidad? Ninguno. Son solo palabras. Alguien podría decir que si nos insulta en público nos hará ver mal ante los presentes el hecho de no contestar la agresión, y en ese caso yo diría que es una tontería dar valor excesivo a nuestro orgullo y, sobre todo, a la opinión que la gente tenga de nosotros. ¿Llegaremos a poner en riesgo nuestra integridad física simplemente por dar gusto a la gente? Eso parece ser una bobada. ¿Qué nos importa lo que piense la gente de nosotros? Si a veces ni siquiera nos examinamos a nosotros mismos lo suficiente como para poder decir verdaderamente que nos conocemos, mucho menos nos conocerán los demás.

Una vez que nos sentimos agredidos, lo peor que podemos hacer es contestar el agravio con otra agresión. Por ejemplo, si alguien nos difama inmerecidamente,  lo peor que podemos hacer es hablar mal de esa persona también. No ganamos nada y hasta podría decirse que nos volvemos merecedores automáticamente de la difamación al caer igual de bajo que aquella persona que nos hace mal, porque contestamos con la misma cosa. Lo mejor, como hemos dicho anteriormente, es simplemente dejar decir y no dejar que las palabras nos afecten. Si en algún momento tenemos que defendernos de algún tipo de difamación injusta, defendámonos en dado caso con argumentos, sin perder la compostura, y de preferencia sin tratar de convencer a la persona que nos difamó en principio, porque ya que nos está agraviando de tal forma, difícilmente cambiará de opinión; esto debido a la obstinación propia de los necios, y es un verdadero desgaste tratar de convencer a todo mundo de que tengan una buena impresión de nosotros. Hasta podríamos decir que es algo absurdo. Es normal que a algunos les caigamos bien y a algunos mal, como dice la canción de Cuco Sánchez, no somos monedita de oro para caerles bien a todos. Eso, reiterando, es normal, lo malo es o cuando nos esforzamos en tratar de cambiar la opinión de los demás sobre nosotros o cuando intentamos hacerle algún tipo de agravio a una persona simplemente porque le caemos mal. En realidad no debemos hacer mal bajo ninguna circunstancia, mucho menos por tales bagatelas. Cuando alguien discute con un necio, en algún punto de la discusión ya no se sabe cuál de los dos es el necio. Dejemos al necio con su necedad y evitemos tomar el mismo camino.

En cuanto a la agresión física, no considero como agresión actuar para defenderse, eso me parece algo legítimo, lo que sí debemos intentar con todo nuestro empeño es que no seamos nosotros quienes demos el primer golpe. Respecto a eso, tengo la convicción de que una persona que siempre se comporte correctamente ante los demás y que guarde en general una postura pacífica ante cualquier escenario, no hallará demasiadas ocasiones en su vida en las que exista la posibilidad de llegar a los golpes. Esto debido a que una persona pacífica evitará al máximo llegar a ese tipo de situaciones en donde surja la posibilidad de golpearse; y más aún, en caso de que se trate de una persona verdaderamente pacífica, llegado a un escenario con esa posibilidad, evitará al máximo aún bajo esas circunstancias ser el primero que golpee.

En conclusión, la mejor forma de evitar ser agredido es no agrediendo a los demás, llevando una vida pacífica, sin meternos en la vida de otras personas, dejando hacer a los demás, no criticando, no hablar mal de nadie, ni de amigos ni de enemigos, no entrar en discusiones irrelevantes, no insultar a los demás. Como decía anteriormente, tengo la plena convicción de que si logramos realmente llevar una vida sin agredir de ninguna forma, a lo más serán contados aquellos que nos quieran agredir, pero como esto es posible, ya que nunca caeremos en gracia de todo el mundo, si llegamos a recibir una agresión, debemos analizarla, tomarla en su justa medida y evitar al máximo contestarla con otra agresión; ya que puede ser que estemos juzgando como agresión algo que no lo es, o juzgando equivocadamente a quien supuestamente nos la ha hecho. Emitir juicios prematuros es siempre algo equivocado. Contestar agresión con agresión podríamos decir que es un tipo de venganza, y la venganza nunca lleva a nada bueno, porque el agravio hecho no se puede ya deshacer. Evitemos dar cabida en nuestra alma a los sentimientos y pasiones más viles del ser humano.

 
Deja un comentario

Publicado por en diciembre 1, 2016 en Ensayo

 

Etiquetas: ,

DEL RESPETO A LA VEJEZ

Soy de la opinión de que es verdaderamente invaluable el conocimiento que dan los años. Diciendo esta afirmación tan perentoria, es menester que hagamos un alto para tratar de analizarla en sus partes más elementales.

En primer lugar, es importante que diferenciemos entre educación de la vida y preparación académica, diferencia que expuesta así resulta bastante obvia y no es necesario agregar mayores explicaciones, es decir, una cosa es la educación que recibimos en la escuela y otra es la que recibimos por parte de la misma vida, y en esta educación de la vida incluyo aquella que nos transmiten nuestros padres o nuestros seres allegados, porque considero que la educación que recibimos por parte de nuestros padres o tutores, en nuestra infancia, como decía Aristóteles, es la más importante, ya que es prácticamente la que queda en nuestra memoria para toda la vida. A veces no le damos el valor que en realidad tiene, pero pienso que alguien que es padre tiene la obligación no sólo de procurar la educación académica de sus hijos, sino también ir de la mano con él en su educación integral. En fin, lo que quiero decir con esto es que una cosa es estar bien preparado académicamente y otra muy distinta es tener conocimiento de la vida, y resulta obvio que el conocimiento de la vida es algo que se va obteniendo a lo largo justamente de la vida misma, es decir, los mejores instructores que tenemos para adquirir este conocimiento son los propios años. Lo más que se puede hacer como padres es tratar de orientar a los hijos hasta cierto punto, y resultaría una villanía e irresponsabilidad no hacer esto, sin embargo, pienso que todo esto que los padres nos enseñan lo podemos confirmar o refutar dependiendo lo que la vida misma nos va enseñando. En ese sentido, si seguimos por esa vía de análisis, podemos afirmar que un joven no puede tener el conocimiento de la vida que tiene un viejo. La ventaja que este último tiene sobre aquél es la valiosa experiencia que dan solamente los años. No hay nada que pueda sustituir la experiencia. No obstante, pienso que también existen casos en donde alguien puede tener un conocimiento mayor de la vida que otro que es mayor que él, porque el conocimiento de la vida que podemos tener depende sobre todo de la observación que damos a todo lo que nos acontece, a la manera en que lo reflexionamos, es decir, la rapidez con que maduramos, y en esto es claro que algunas personas aventajan a otras de mayor edad; pero considero que estos casos son los menos y que se trata de comparaciones en donde la diferencia de edades no es tan grande. Es decir, un hombre de 30 años, por más que haya dedicado su vida al estudio de sí mismo y de la naturaleza, no creo que tenga más conocimiento de la vida que alguien que tenga 80 años, porque le falta la parte más importante en cuanto a la adquisición de conocimiento se refiere, que es la parte empírica, y así como por ejemplo un médico hace uso de todo su conocimiento y arte en el campo específico de la medicina en el que se ha especializado, con lo que va fortaleciendo su conocimiento, así quien se dedica al estudio de la vida tiene que ejercitar esos conocimientos en el campo práctico que le corresponde, es decir la vida misma. En otras palabras, cada ciencia tiene su campo de prácticas, y la vida solo se puede experimentar en la propia vida, ese es su campo de conocimiento y aplicación.

Si bien el esmero en la juventud para tratar de aprender de la vida depende más de decisión que de disposición natural, en la vejez es lo contrario, por mucho que uno no se haya aplicado a ese conocimiento mucho se aprende de cualquier manera con el simple hecho de vivir, o dicho en otras palabras, no existe un viejo sin experiencia, y la prueba de esto es la forma en que regularmente escuchamos hablar a la mayoría de las personas de edad avanzada: con tranquilidad, escogiendo pacientemente las palabras, con conceptos concretos y acertados, con juicios que se ve que, más que elaborados de una manera concienzuda, derivan del simple vivir.

En ese sentido, soy de la idea de que la vejez merece, por sí sola, un respeto, porque considerando que nuestra vida es tan frágil y que pareciera estar sujeta por los hilos más delgados, o en otras palabras, que la muerte está siempre al acecho disfrazada de alguna enfermedad, de algún accidente o de algún imprevisto llegando a veces cuando menos se espera, considerando todo eso decía, el hecho de llegar a viejo es un verdadero logro, más allá de la forma en que se llegó, porque aquí no está en discusión la forma en que se llevó la vida, sino se trata de resaltar que simplemente vivir hasta esa edad es ya algo destacable.

Por lo anterior, siempre debemos ver con gusto, al menos en principio, el poder entablar alguna conversación con alguien que ha llegado a la vejez, porque siempre se puede aprender algo de ellos. En mi caso, recuerdo que desde mi adolescencia me ha gustado siempre platicar con personas mayores a mí, no diciendo con esto que no paso el tiempo con gente más joven o de mi edad, sino que siento que puedo aprender más en una conversación con gente mayor que en una conversación con personas menores que yo. No obstante, conforme pasan los años, también me he dado cuenta de que se puede aprender bastante de los jóvenes, aunque ahí sinceramente, al menos en mi experiencia, se trata de casos excepcionales, porque en realidad de quien siempre he aprendido más es de mis mayores.

Actualmente, cuando veo a algún anciano, en principio siento un gran sentimiento de respeto, respeto por los años que ha vivido, porque lo primero que me viene a la cabeza es que para mí ya sería un logro poder llegar a esa edad; es algo tangible que él por ejemplo tenga ochenta años; y el hecho de que yo llegue a esa edad no es más que una ilusión en la que tengo depositadas mis esperanzas, pero es algo totalmente incierto. Además respeto la vejez porque esa misma persona de ochenta años tiene una experiencia de la vida que, reiterando lo dicho anteriormente, sólo se gana con los años. Por lo anterior, considero que la vejez es algo por sí solo digno de respeto, y somos unos necios y arrogantes cuando rechazamos de forma inmediata el consejo que nos pueda dar algún viejo en cuestiones de la vida, porque sería como si queriendo construir un edificio rechazáramos los consejos de los que han estudiado ese arte durante años. Es decir, debemos dar valor al conocimiento de la vida que hay en la vejez.

La experiencia, para cualquier cosa, es algo que vale mucho. En un trabajo, por ejemplo, para poder aspirar a los puestos más importantes hay que contar con experiencia, no se puede pretender dirigir una empresa siendo apenas un novato. Los casos en que sucede lo contrario son aberraciones con las que no logro estar de acuerdo. No digo que no exista talento en los jóvenes, digo que el talento no es equiparable en términos absolutos a la experiencia, o en otras palabras, que el talento necesita experiencia para desarrollarse en su plena magnitud.

Por otro lado, no quiero dejar de mencionar que los ancianos, como cualquier otra persona de cualquier edad, están expuestos a los mismos vicios de los seres humanos; porque la edad poco tiene que ver con el carácter bueno o malo de una persona. Lo que es una verdad, es que un anciano ha tenido más tiempo para recapacitar acerca de sus actos en la juventud, buenos y malos, por lo que es muy posible que los vicios o malos actos de su juventud se hayan atemperado en su carácter, si bien no necesariamente eliminados. Esto se ve frecuentemente en los ancianos que vemos tranquilos pero de los que se cuenta que en su juventud tenían un fuerte carácter, o que se exasperaban fácilmente, o que castigaban de una manera drástica a sus hijos, etcétera. Aquí quiero también decir que no creo posible que una persona que ha hecho el mal toda su vida pueda irse al otro extremo, es decir, de ser una persona completamente mala se convierta en una persona completamente buena, al menos no fácilmente, y aun suponiendo, por las razones que sea, que se diera este tipo de conversiones de una manera completa, nunca podrá regresar al pasado y evitar hacer el mal que ya hizo, o dicho en otras palabras, si bien es mejor haber sido bueno al menos un tiempo de nuestra vida que haber sido malos toda ella, no hay justificación real para haber actuado mal la mayor parte de nuestro años, porque eso sí es algo meramente atribuible a nosotros, y lo que es atribuible a nosotros es lo que verdaderamente puede ser alabado o vituperado acerca de nuestra persona.

El carácter de irrecuperable que tiene nuestro pasado es lo que debe estimularnos a actuar siempre de manera correcta, intentando dar lo mejor de nosotros en cada momento de nuestras vidas, porque lo que hemos hecho no es posible ya cambiarlo, y si serán cosas que no se podrán modificar, es por supuesto preferible que sean cosas buenas. Es mejor dejar una estela de cosas buenas hechas detrás de nosotros que un rastro de vicio y podredumbre, de tal forma que, conforme avanzan nuestros años, si vemos hacia el pasado, podamos apreciar un paisaje si no perfecto, al menos considerablemente bello, y no un pantano lleno de lodo y horribles criaturas. Al respecto, pienso que no hay mejor forma de llegar a la vejez que, una vez llegados a esa edad, poder mirar hacia atrás, en un sincero ejercicio de reflexión sobre nuestras vidas, mirar todo el camino andado en nuestros años, todas las cosas buenas y malas que hicimos, las decisiones correctas e incorrectas que tomamos, y darnos cuenta de que nuestra conciencia está tranquila. Poder estar tranquilo con uno mismo al final de su vida, reitero, es para mí el mejor regalo que uno puede tener, y la mejor manera de llegar a ese punto es justamente procurar conducirnos siempre en arreglo al bien y a la virtud.

 
Deja un comentario

Publicado por en octubre 19, 2016 en Ensayo

 

DE LOS CUIDADOS DEL ALMA

En un ensayo anterior (De los cuidados del cuerpo) comentamos acerca de los cuidados generales que debemos a nuestro cuerpo, con el propósito de que este se mantenga en la mejor forma posible durante el máximo tiempo posible. En este presente ensayo me gustaría hablar de los cuidados que debemos al alma, ya que considero que debe existir equilibrio entre los cuidados que damos al cuerpo y los que damos al alma, ya que de nada sirve tener un cuerpo sano si el alma se encuentra enferma o viceversa. Debemos por lo tanto procurar con el mismo ímpetu mantener sano nuestro cuerpo y nuestra alma.

Antes de continuar, me gustaría aclarar lo que entiendo por alma. Por alma entiendo principalmente nuestro intelecto, en el cual se incluyen las emociones, la memoria, la voluntad, y en general todas nuestras capacidades cognoscitivas. No pretendo entrar en una definición seria del concepto de alma porque me desviaría por completo de la intención primordial de este ensayo. Así que me abstendré, al menos de momento, de entrar en detalles filosóficos o religiosos referentes a este concepto y entremos en materia.

Podríamos decir que, como cualquier otra cosa, los cuidados del alma se dan en dos sentidos principales, en primer lugar, procurándole todo aquello que le haga bien; y en segundo lugar, evitando todo aquello que le haga mal.

En cuanto a qué cosas le hacen bien al alma, puede ser de distintas circunstancias, sin embargo, las más inmediatas son aquellas que nos dan algún tipo de satisfacción emocional. En ese sentido, lo mejor que podemos hacer para procurar bien a nuestra alma es justamente llevar a con mayor frecuencia aquellas cosas que la enriquezcan, y yo considero que no existe nada que enriquezca más al alma que el ejercicio de las virtudes. Resulta claro y visto por la experiencia de cada quien, que aquello en lo que más nos ejercitamos o a lo que le dedicamos una mayor cantidad de nuestro tiempo, es en lo que nos podemos hacer mejores, ¿por qué no entonces ejercitarnos en las virtudes? Si por ejemplo a nuestro cuerpo lo acostumbramos desde pequeños a la gimnasia, alcanzando cierta edad, seremos mejores en la gimnasia comparativamente que aquellos que nunca se han ejercitado en ella. De la misma forma, quien acostumbra ejercitarse en las virtudes, será mejor en ellas que quien lo hace raramente. Las virtudes a las que me refiero son básicamente las que refiere Platón, que son Prudencia, Justicia, Fortaleza y Templanza. No entraré en definiciones engorrosas acerca de estas virtudes porque hombres mucho más sabios que yo ya han tratado sobre ellas en sus escritos (que están al alcance de todo mundo) y sería una falta de respeto no estar a su altura, plasmando deficientemente lo que ya ellos han escrito con belleza y mucho mayor talento. Al respecto, quien esté interesado en ello, le recomiendo leer, como principal acercamiento, La República de Platón.  No obstante, y con el afán de no dejar cabos sueltos, quisiera decir que en mi experiencia, y según la comprensión que tengo de tales cuestiones, pienso que todas las virtudes se pueden resumir en una sola, que es la sabiduría, y la sabiduría para mí no es otra cosa que vivir acorde a la naturaleza. Para mí no hay mejor manera de aprender de esta vida que contemplando la naturaleza, reflexionando sobre ella y estudiando en su justa dimensión el lugar que tenemos en el universo. Para mí esta premisa ha sido siempre mi principal luz a seguir en la inmensa obscuridad de la ignorancia que a todos nos rodea: el vivir acorde a nuestra naturaleza y a lo que ésta exige de nosotros. Es una gran necedad intentar llegar más allá de lo que naturaleza nos permite. Es importante saber que hay cosas que no podemos saber, y que hay cosas que no están al ínfimo alcance que tenemos como seres humanos, porque solemos pensar que nuestra inteligencia es capaz de descifrar los grandes misterios del universo. ¡Oh sobrados mentecatos! ¿Qué estúpida arrogancia es la que nos hace pensar que somos la raza superior universal, y que únicamente es cuestión de tiempo para descifrar los misterios del universo y las verdades absolutas? Y aunque según nuestro sandio entendimiento llegáramos a pensar algún día que por fin conocemos las verdades absolutas, ¿qué nos podrá asegurar que no estamos equivocados? Debemos saber vivir con lo que tenemos y con lo que podemos. ¿Para qué perseguir vanas quimeras? Con lo que tenemos y sabemos podemos mucho. A propósito de esto, considero que aquí queda a la perfección lo que alguna vez leí en Voltaire:

“Os asombráis de que Dios haya hecho al hombre tan limitado, tan ignorante, tan poco dichoso; ¿por qué no os asombráis de que no lo haya hecho aún más limitado, más ignorante, más desdichado? Os quejáis de una vida tan corta e infortunada; dad gracias a Dios de que no sea aún más corta y más desaventurada”[1].

Continuando con el tema del ensayo, el alma, lo mismo que el cuerpo, puede tener enfermedades, y como parte de sus cuidados debemos evitar que sufra esas enfermedades. ¿Cuáles son esas enfermedades? Principalmente aquellas que dañan al alma de alguna o de otra forma. Por ejemplo, la ambición desmedida, la envidia, la ira, la arrogancia, y por supuesto, hacer el mal. Todo esto provoca que nuestra alma se manche de suciedad, y, como en el cuerpo, de esta falta de higiene se pueden derivar enfermedades mucho más peligrosas, sobre todo si no le damos importancia a estas cuestiones y no procuramos mantenerla limpia en el mayor grado que sea posible.

Cuando hacemos el mal, si contamos con cierta formación básica de conciencia, sabemos que estamos haciendo el mal, es decir, somos conscientes de que hacemos el mal de tal o cual manera, por lo que, salvo que seamos unos cínicos, tendremos algún remordimiento cuando hagamos el mal. En este punto cabe decir que, desde mi punto de vista, hacer el mal inconscientemente también es malo, pero es menos vituperable que hacerlo con toda conciencia; hacerlo con conciencia, sabiendo que se está haciendo mal, lo considero un mal mayor, y si se hace con el fin de conseguir algún beneficio para sí, es aún es mayor y digno del mayor desprecio posible; por ejemplo, quien persigue desmedidamente riquezas y en su afán para ello no le importa hacer el mal a quien lo tenga que hacer. En resumen, de todo lo anterior se puede decir que, para que el alma se encuentre en su mejor estado posible, debemos ante todo ejercitarnos en las virtudes (hacer el bien) y evitar aquellos actos que puedan producirle alguna mancha o enfermedad (hacer el mal).

Otro punto que considero importante para cuidar nuestra alma, es mantenerla tranquila y alejada de cosas vanas y fútiles. Por ejemplo, una de estas cosas, que en muchas ocasiones llega a mover nuestra alma, nuestro cuerpo y nuestra existencia entera es la ambición, el querer ser más que los demás. La ambición desmedida de perseguir algo o de mostrar que podemos más que otros puede en verdad aniquilar un alma, y si no aniquilarla, al menos sí dañarla considerablemente. Alguien que se encuentra en esta situación de ambiciones desmedidas nunca estará tranquilo, nunca tendrá serenidad, porque nunca estará satisfecho. Siempre continuará intentando acrecentar sus riquezas, de una o de otra forma. Siempre estará tratando de superar a alguien en cualquier arte en el que crea que puede, y si llega a superar a ese alguien, no estará satisfecho tampoco,  porque lo que no analiza es que siempre podrá encontrar a alguien mejor que él. Nunca estamos satisfechos porque siempre encontramos a alguien a quien querer superar. Como atinadamente decía Horacio, el poeta romano, queremos superar siempre a quienes están arriba de nosotros, pero nunca nos ponemos a pensar en los que están abajo, y no abajo en sentido peyorativo, porque lo que es una verdad es que siempre podemos encontrar a alguien peor o mejor que nosotros en cualquier cosa, lo que produce que en realidad los extremos sean algo más bien intangible e inalcanzable, porque no hay métodos para medir de manera concreta la felicidad humana, y pensamos equivocadamente que la felicidad se encuentra en intentar ser mejores que alguien más, o más ricos, o más bellos, o más inteligentes, etcétera, pero la medida de nuestras virtudes no debemos tomarla de otros, porque como he dicho, siempre encontraremos a alguien mejor que nosotros, por lo que nuestra medida debe ser siempre nuestro propio ser. Debemos intentar constantemente de superarnos a nosotros mismos, no medirnos contra los demás porque así siempre estaremos frustrados. Cada uno es la mejor medida de sí mismo.

Debemos de tomar conciencia de que la felicidad no está en estas cosas, no está en la riqueza, no está en la inteligencia, no está en quién realizó más viajes al extranjero, no está en quién tiene el mejor trabajo y más remunerado, no está en quién tiene más belleza, no, porque como dijimos ya hasta el cansancio, alguien siempre nos superará en todas esas banalidades. La felicidad, la verdadera, se encuentra en la tranquilidad de ánimo, en saber estar tranquilos con lo que tenemos y con lo que podemos, en no sentirnos frustrados porque el vecino tiene un mejor automóvil que el nuestro, en que algún pariente viajó a Europa y nosotros no salimos del Bosque de Chapultepec. Si creemos que esas personas son más felices que nosotros por esas cosas en particular, verdaderamente no somos menos que idiotas.

Que no se entienda que estoy diciendo que quienes hacen estas cosas no sean felices. Por supuesto que lo pueden ser, porque incluso en la riqueza se puede tener una gran alma, y disfrutar de esa riqueza con justa moderación y magnanimidad, porque la riqueza no convierte a alguien en malo en automático, sino que por lo regular, cuando lo llega a hacer, es por generar esa terrible enfermedad del alma que es la ambición desmedida. Y dado que la felicidad no está en todas estas cosas que citamos anteriormente, resulta obvio que tenerlas no nos convierte automáticamente en seres felices. ¿Quién podría decir, por ejemplo, que alguien rico, que vive en la ciudad, es más feliz simplemente por estos motivos que alguien que vive en el campo, teniendo lo que necesita para vivir acorde a la naturaleza, con salud, con tranquilidad de ánimo? Hay muchísimas personas de esta condición que podría decir que, a veces sin que ellos mismos se den cuenta, son más felices que la mayoría de ricos.

Es claro que tampoco puede ser feliz quien está en la pobreza extrema, porque en esos casos la batalla diaria no es por querer acrecentar la riqueza, sino para conseguir lo mínimo necesario para sobrevivir. En este punto doy razón a Aristóteles, quien decía que para estar bien debemos tener al menos cierta comodidad y contar con lo que necesitamos para tener una vida llevadera. El asunto es que, cuando tenemos lo suficiente, nunca somos conscientes de eso y siempre queremos más.

Quiero aclarar también que no considero que sea malo el tener ambiciones, nada más lejano que eso, porque esto sería caer en el vicio que se encuentra en el otro extremo, que es la apatía, y esto es algo que considero igualmente condenable, porque la apatía hace mal al cuerpo y al alma, aunque con la diferencia de que la apatía es un mal que por lo regular nos hacemos a nosotros mismos, y cada quien puede hacer consigo mismo lo que desee, mientras no afecte a otros o haga el mal. Debemos tener ambiciones, y perseguir metas, pero estas deben estar enfocadas en superarnos siempre a nosotros mismos, en intentar ser mejores humanos. Deben ser ambiciones justas, con medida, no desaforadas, y sobre todo seguirlas sin hacer el mal. La felicidad, reitero, está en la tranquilidad de ánimo, no está en tener más o menos posesiones; y la tranquilidad de ánimo no se compra, se logra siguiendo el camino de la virtud, de la sabiduría. Alguien sabio puede estar contento con lo que tiene.

Otra cuestión fundamental para mantener un alma sana, es tener la conciencia tranquila, y el mejor método para esto es, por supuesto, evitando hacer el mal. En este punto se puede incurrir en ciertas imprecisiones, ya que como hemos mencionado en algún otro ensayo, en ocasiones no tenemos bien definido el concepto del mal y el bien, o en ocasiones porque podemos intentar convencer a nuestros semejantes de que el mal que hacemos es en aras de conseguir algún bien, y que este vale el hecho de no actuar correctamente. En pocas palabras, cuando actuamos mal siempre trataremos de justificarlo por una u otra causa, no obstante, es muy importante recalcar que podemos, a través de diversos artificios, llegar a engañar a la gente, hacerles creer ciertas cosas a través del uso de diversos sofismas, o, en dado caso, podemos simplemente ocultar el mal que hicimos con el propósito de no ser juzgados, que es algo que hacemos muy frecuentemente, ocultar lo que hacemos mal; sin embargo, lo que es una verdad absoluta es que podemos, a través del uso de distintas técnicas de persuasión, convencer o engañar a otras personas, pero lo que nunca lograremos es engañarnos a nosotros mismos: somos un libro abierto para nosotros mismos, y nuestra conciencia es el testimonio más fidedigno que tenemos de nuestros actos. En este punto, considero que no hay bien tan grande como el tener la conciencia tranquila, tener el alma libre de manchas. El tener cargos de conciencia es una de las cosas que puede llegar a quitar el sueño y trastornar la existencia que de otra forma podría ser pacífica. Para mí nada tiene más valor que la tranquilidad de ánimo, por lo que procuro en todo momento tener la conciencia tranquila, porque en verdad que la tranquilidad que se pierde no se compara con el “bien” que se pueda alcanzar actuando mal. La tranquilidad es una de las cosas que siempre he considerado de lo más preciado que podemos tener, a tal punto que creo que no hay felicidad comparable que llegar al final de la vida con la conciencia tranquila. Una vida feliz me la imagino como alguien que, en sus últimos días, puede decir con toda honestidad para sí mismo que su conciencia está tranquila, que hizo lo que tuvo que hacer como ser humano, que siempre cumplió con sus obligaciones familiares, sociales y hacia sí mismo y, sobre todo, que siempre condujo su vida en arreglo a la virtud y a la verdad. Si yo pudiera llegar al final de mi vida diciendo todo eso, consideraré que he tenido una existencia feliz.

Lo que quiero decir para finalizar este tema es que el problema no es que no tengamos la capacidad para ser felices, esta es una capacidad con la que toda persona nace; el problema es que atribuimos la felicidad a las cosas equivocadas, y dirigimos todos nuestros esfuerzos a cosas que en realidad no valen la pena, y somos muy parecidos a los niños a los que, para romper la piñata, se les vendan las ojos, y pasamos nuestra vida dando tumbos y golpes a ciegas, gastando nuestras fuerzas inútilmente en daros golpes al aire, para darnos cuenta, cuando se nos acaba el turno, que no dimos ningún golpe certero, que todo quedó en meros intentos.  Cualquier ser humano tiene en principio la capacidad de ser feliz, aun con las limitantes que creemos tener de riqueza, de inteligencia, etcétera, porque la felicidad no se consigue con vanas quimeras; se consigue con lograr una tranquilidad de ánimo y una conciencia tranquila, cosas que alcanzaremos indudablemente si nos ejercitamos en las virtudes y que la idea que siempre guíe nuestros actos sea la idea de hacer el bien. Considero que no puede haber un alma más feliz que aquella que siempre procuró hacer el bien y que, por el contrario, no hay un alma más enferma que aquella que siempre se condujo por el mal. Analizando estos dos escenarios extremos, es fácil determinar lo que resulta primordial para mantener el alma sana y darle los cuidados apropiados.

[1] Cartas Filosóficas. XXIV.

 
Deja un comentario

Publicado por en agosto 17, 2016 en Ensayo

 

Etiquetas: ,

DE LOS CUIDADOS DEL CUERPO

Lucrecio, el poeta y filósofo romano, decía que el cuerpo y el alma se encuentran fuertemente vinculados, que cuando el cuerpo sufre también lo hace el alma y viceversa. Esto es de vital importancia si entendemos que para poder llevar una buena vida es necesario que procuremos los cuidados necesarios para cada cosa. Aclararé desde este momento que por alma entiendo la esencia de nuestro ser, los conocimientos, la memoria, el ánimo, la voluntad, etcétera. No la veo, por fines prácticos, como algo que se desprenda de nuestro cuerpo o alguna otra explicación religiosa, porque eso implicaría entrar en un debate en el que no pretendo gastar tiempo y que no es para nada objeto de este ensayo. La veo, podríamos decir, como algo más terrenal, pero no por ello menos profundo. La veo como nuestra individualidad, o nuestro ser, como hemos apuntado unas líneas más arriba.

Podría hacerse un debate acerca de cuál de estas dos partes, cuerpo o alma, merecen nuestras mayores atenciones. A esto yo contestaría que es necesario guardar cierto equilibrio, ya que ambos aspectos son importantes, porque ¿de qué serviría tener un alma altamente cultivada y procurada si el depositario de esta es un cuerpo enfermo? Y no me refiero a enfermo de forma natural, cosa a lo que todos estamos sujetos, sino por descuido propio; y por otro lado ¿de qué sirve tener un cuerpo sano y bien formado si el alma se encuentra vacía o enferma? Y de la misma manera, me refiero a vacía por negligencia propia. En cuanto a los cuidados del alma, materia por demás interesante, hablaremos en un posterior ensayo, ya que debe haber un cuidado integral para ambas cosas, y en este ensayo nos concentraremos en el cuerpo.

Dicho lo anterior, prosigamos diciendo que cuando nacemos lo hacemos con un cuerpo, por lo que resulta apropiado cuidarlo de la mejor manera que podamos, sin embargo, solemos descuidarlo de una manera o de otra, lo cual nunca dejará de causarme cierta inquietud, porque únicamente tenemos esta vida, únicamente tenemos un cuerpo, este no lo podemos modificar; y me refiero en general, porque no cuento como modificaciones cualquier transformación estética, porque esto son por lo regular más artificios de la vanidad que cosa necesaria para el propio cuerpo, y en esencia el cuerpo sigue siendo el mismo, porque es como si realizáramos algún tipo de embellecimiento a un árbol, por ejemplo, cortando ora esta rama, ora esta otra, quitando hojas que no nos gusten, agregar acaso algunas otras artificiales que estén de acuerdo a nuestro gusto, etcétera; al final podría decirse que el árbol se modificó, pero la esencia del árbol sigue siendo la misma, el tronco sigue siendo el mismo tronco. ¿Por qué entonces no cuidamos con perseverancia nuestro cuerpo y nuestro organismo sabiendo que sólo tenemos uno y que por regla natural, a partir de cierta edad, se encuentra en un proceso degenerativo hasta la muerte? y aun sabiendo eso parece que actuamos como si quisiéramos que su degradación fuera más rápida de lo que de por sí ya es. Es pues importante que demos al cuerpo los cuidados que necesita.

Respecto a esto, comparto la idea de los antiguos pensadores griegos, y que leí en Cicerón, quien decía que en esto, como en todo, debemos actuar de acuerdo a las reglas de la naturaleza. Entre más nos acerquemos a que los cuidados que demos al cuerpo sean conforme a la naturaleza del mismo nos acercaremos también más a una mejor vida. Por otro lado, Aristóteles decía que debemos tomar principal atención en hacer de buena manera aquello que por naturaleza hacemos más frecuentemente, recomendación que me parece bastante atinada. Por ejemplo, comemos y bebemos varias veces durante el día, por lo que me parece lo más lógico que procuremos que lo que comamos y bebamos sean cosas de calidad y de acuerdo a lo que nuestro cuerpo necesita. Esto es muy fácil de ver a través de lo siguiente. El agua es algo indispensable para vivir, y tenemos que tomar lo suficiente durante el día, por lo que, en el entendido de que es algo que realizamos todos los días, sería perjudicial que vez de agua tomáramos refresco, y eso aplica para todo. Hay cosas que son buenas para nuestro organismo y cosas que no lo son, o en el mejor de los casos no son ni buenas ni malas. En este punto en particular mi recomendación es que actuemos siempre con moderación, tratando de que tengamos buenos hábitos en aquello que por naturaleza es más frecuente que realicemos, que es lo que decíamos del comer y del beber.

Me gustaría hablar un poco de lo que siento que en mi caso me ha ayudado a sentirme saludable, no con el afán de que sea tomado como ejemplo, ni mucho menos, porque no para todos sirve lo mismo; sino con el propósito de que se tome como referencia, por si el lector considera que alguna de estas medidas pueda aplicar a su persona; pero en esto es como en todo lo que escribo, tómese únicamente aquello que se considere de utilidad, y lo demás, como cuando contemplamos el agua de un río, simplemente déjese correr y véase de pasada.

En cuanto a la cuestión de lo que debemos comer, cada quien puede darse cuenta, sin necesidad de un estudio profundo, lo que le cae bien o mal a su propio organismo, y a esto es a lo que tendríamos que atenernos en nuestros consumos diarios. Sin embargo, en términos generales, por experiencia propia, considero que lo mejor es comer poco y de forma balanceada; lo contrario, el comer demasiado, me parece que va en contra de la naturaleza humana, porque pienso, por ejemplo, que resulta perjudicial comer hasta el exceso en cada oportunidad. Esto lo he comprobado por mi propia experiencia. Cuando como demasiado, siento un malestar que incluso me hace arrepentirme de haber comido en tal cantidad, sin embargo, también me he dado cuenta, siguiendo igualmente mi propia experiencia, que esto lo hacemos principalmente cuando estamos comiendo algo que nos gusta demasiado; sin embargo, creo que aún en esas situaciones, lo mejor es ante todo moderarse en el consumo, de tal forma que tampoco nos hastiemos de aquello que nos causa alguna satisfacción, como lo hemos mencionado en un anterior ensayo (De la moderación que debemos observar en los placeres). Ocasionalmente, me gusta ayunar, aunque esto no lo aconsejaría para todo el mundo, porque pienso que no todos los organismos pueden asimilar esto, y no por cuestiones de que unos sean superiores a otros, porque no tiene que ver para nada con esa cuestión, sino más bien por la constitución y por las costumbres que cada quien adopta en el comer. Para mí es más una costumbre que algo que considere útil en un sentido estricto, pero en mi caso particular, siento que esta práctica es buena para mi cuerpo, aunque no me refiero a un ayuno estricto, es decir, no me refiero a no comer absolutamente nada, sino a hacerlo en muy pequeñas cantidades durante un día muy de vez en cuando. Reitero, esto no me atrevo a aconsejarlo pero sí pienso que en ciertos casos puede ser útil, sobre todo cuando queremos desintoxicar nuestro cuerpo de una manera un tanto natural. En mi caso, he notado que para mi organismo resulta una práctica, la del ayuno, que no me cae mal y que puedo sobrellevar éste sin grandes complicaciones, es decir, comiendo poco estoy a gusto, no siento debilidad ni malestar, lo que significa, según mi propia deducción, que mi organismo está constituido de tal forma que no necesita grandes cantidades de comida para poder realizar sus funciones esenciales, por lo que, aún no ayunando, procuro comer de todo pero en pequeñas cantidades, y con esto me he conservado hasta el momento con una buena salud, según mi propia opinión. Pero este estudio que hecho de mí mismo puede aplicar de una manera muy distinta para otro organismo, es decir, cada quien puede darse cuenta de la cantidad de alimentos que necesita para que su cuerpo funcione correctamente, pero la mayoría nos excedemos de lo que es verdaderamente apropiado, y con ello, lejos de hacerle un bien a nuestro cuerpo, lo dañamos en modos inimaginables. No podría asegurar ni mucho menos que todos los organismos estén hechos para funcionar bien con pocos alimentos, pero lo que sí estoy convencido es que lo natural es que comamos con moderación, por lo que reitero mi precepto de comer poco. Por otro lado, algo que también siento que cae bien a mi organismo es comer la menor cantidad de carne posible, por lo que procuro comer las menos veces que pueda y en pocas cantidades, aunque ni de lejos podría decir que soy vegetariano, porque cuando como carne tampoco lo sufro ni me causa ningún conflicto emocional. Respeto a los vegetarianos, pero creo que lo natural para el organismo humano es comer de todo un poco, incluso carne, porque contiene una cantidad de nutrientes que ayudan a fortalecer el cuerpo, aunque sí debo enfatizar en que no debemos abusar en el consumo de esto último, porque eso es caer en un vicio muy marcado, que es no racionalizar lo que la naturaleza nos ofrece, lo cual para mí siempre ha sido una aberración de las más repugnantes, porque atenta contra lo más importante, que es la naturaleza propia. Para mí lo ideal, y siempre trato de gobernarme con esa norma, es comer vegetales, frutas y granos en una proporción mucho mayor que la carne que a la inversa, porque creo que resulta perjudicial si nuestra proporción fuera lo contrario, es decir un consumo excesivo de carne sobre frutas y verduras. Es importante también señalar que todo en exceso es malo, incluso aquello que parece bueno. Por ejemplo el agua. Es recomendable tomar una cantidad determinada de agua al día, pero si en ese afán de querer ser saludables abusamos del consumo de agua, resultaría entonces contraproducente para nuestro organismo, por lo que es muy cierta aquella premisa de sabiduría milenaria que sostiene que nada debe ser con exceso, sino todo con medida. En cuanto a lo que bebemos, lo natural para el cuerpo es que la mayor cantidad de ello sea agua. Considero que el agua pura debería representar al menos el ochenta y cinco por ciento del total de líquidos que consumimos. Conozco gente que consume más del cincuenta por ciento de otras cosas, principalmente refresco o aguas de sabor. Consumir esos productos para mí no representa algo malo en sí, sino que se vuelve malo cuando lo hacemos en mayor medida sobre el agua pura. Y esto aplica para todo. Cualquier líquido que consumamos en mayor proporción que agua pienso que resulta nocivo para el cuerpo humano.  En mi caso, procuro tomar más agua que otra cosa, y del resto de bebidas que no son agua, la que procuro tomar lo más mínimo posible es el refresco, porque aunque me he percatado que no me causa ningún malestar su consumo, también sé que no es necesario esperarse a estar enfermo o a sentirse mal para tomar ciertas precauciones. En resumen, en cuanto a la comida y la bebida, lo que considero importante es comer balanceadamente en pocas cantidades y preferir tomar agua sobre cualquier otra bebida. En mi caso, los beneficios que he encontrado al regirme con estos principios siento que han sido considerablemente superiores a lo que de perjudicial puedan haber tenido, si es que ha habido algo perjudicial que verdaderamente pudiera atribuir a esos hábitos, aunque en honor a la verdad, debo decir que tengo treinta y tres años, y sé que mi testimonio no tiene la misma fuerza que si lo expresara cuando tuviera por ejemplo ochenta años, porque en ese caso tendría un panorama mucho más amplio acerca de lo positivo o lo negativo que mi régimen alimentario me hubiera podido traer. Eso lo menciono para que mi testimonio se tome en su justa medida, porque como he dicho en repetidas ocasiones, con mis ensayos no pretendo en absoluto dictar reglas o modos de pensar, cada quien es libre de pensar y de hacer lo que quiera con su vida, simplemente lo menciono como comentarios que haría en cualquier conversación en que se tocara el tema. Cada quien tome lo que le parezca bueno para sí, si es que algo de bueno encuentra en estos escritos que no dejan de ser meras ensoñaciones particulares. No obstante, hasta el momento estas prácticas me han servido mucho y no tengo hasta el momento el más mínimo incentivo para cambiar esos preceptos, porque me he dado cuenta que en mi caso particular seguir esas normas me hace sentir sano.

Otro punto importante para efectos de cuidar el cuerpo es la actividad física. Pienso como Aristóteles que lo natural para el cuerpo humano es estar en constante movimiento. Esto es algo que resulta visible fácilmente. Imaginemos que tuviéramos que estar acostados durante veinticuatro horas, sin hacer absolutamente nada, no por ninguna incapacidad o enfermedad, sino que simplemente nos dijeran que tuviéramos que hacerlo como algo forzoso. Esto sería algo insoportable, y esperaríamos con ansia el momento en que se cumpliera el plazo impuesto y por fin pudiéramos levantarnos. El ser humano tiene como regla natural estar en constante movimiento, obviamente teniendo los períodos de descanso que son necesarios también de forma natural, como dormir, o reposar cuando así se desee, pero en general no nacemos para estar sin hacer nada. De aquí surge la importancia de realizar algún tipo de ejercicio o de actividad física. En este punto, pienso que el ejercicio que hagamos debe estar en proporción inversa a la cantidad de actividad física que hacemos en nuestras labores cotidianas. Por ejemplo, una persona que por la naturaleza de su trabajo debe permanecer la mayor parte del tiempo sentado, debe realizar comparativamente una mayor cantidad de ejercicio que una persona cuyo trabajo le demande una gran cantidad de actividad física. En esto como todo es importante encontrar el equilibrio. El ejercicio es bueno pero en su justa medida, llevarlo al exceso, resulta en el vicio opuesto a no hacer nada de ejercicio, y ambas cosas son igual de nocivas para la salud. Lo que recomiendo es realizar algún tipo de actividad física al menos cada dos o tres días, y por actividad física, me refiero al ejercicio que se desee; como correr, nadar, hacer algún deporte, o incluso caminar. En mi caso por ejemplo, como mi trabajo es de una naturaleza sedentaria, procuro realizar algún tipo de actividad física todos los días. En mi caso, lo que considero el ejercicio más completo es correr, porque se pone en movimiento absolutamente todo el cuerpo y uno de los principales beneficios que se obtienen de este ejercicio es tener una buena condición física. Como lo he dicho anteriormente, todo en exceso es malo, también correr en exceso es malo. Debemos hacerlo de acuerdo a nuestra condición, sin exigirnos demasiado, ir aumentando paulatinamente y no querer correr un maratón cuando ni siquiera sabemos si nuestro organismo da para correr quince kilómetros. La forma en que podemos darnos cuenta de la disposición que tiene nuestro cuerpo para alguna actividad física es precisamente ejercitándose. No podemos saber que tanto nuestro cuerpo tiene o no buenas condiciones para correr si nunca lo hacemos, y eso aplica para cualquier otra cosa. Esto no implica que probemos absolutamente todas las disciplinas físicas, eso sería ridículo, y además no es necesario, porque la naturaleza es sabia en ese aspecto, y por lo regular nos da inclinaciones hacia aquellas cosas en las que podemos ser buenos, o en otras palabras, nuestros gustos por lo regular apuntan a aquello para lo que tenemos aptitudes. Por ejemplo, alguien que tiene de nacimiento condiciones naturales para ser un buen nadador, muy seguramente su propia naturaleza lo induzca a ello insertando en su ser el gusto por nadar. Esto aplica no sólo para el ejercicio. Todos tenemos aptitudes para algo. Algunos para unas cosas, otros para otras, y cada quien, como si una mano invisible nos llevara (parafraseando un poco Adam Smith, aunque en un tema muy diferente a la economía), por lo regular terminamos haciendo aquello para lo que somos buenos. En esto nuestros gustos se convierten en nuestra principal guía, por lo que recomiendo hacer aquello que nos llame la atención y hacia donde nuestro gusto nos lleve. Si preferimos nadar, nademos; si preferimos hacer bicicleta, hagamos bicicleta; si preferimos hacer taekwondo, hagamos taekwondo; y así sucesivamente, porque la clave no está tanto en seleccionar algo de todo el universo de posibilidades que tenemos ante nosotros, en eso parece que la naturaleza misma nos guía a cada uno de nosotros, sino la clave más bien está en efectivamente hacer algo, y evitar que el ocio se apodere de nosotros.

Es importante que recordemos que el ejercicio también debe realizarse con moderación. No estoy de acuerdo con aquello que se le atribuye a Bruce Lee, de quien se dice que cierto día, mientras corría con Jackie Chan, le exigió a éste correr a un ritmo verdaderamente alto respecto a lo que estaba acostumbrado, y cuando éste le dijo que ya se encontraba muy cansado y que si seguía corriendo moriría, se dice que Bruce Lee le contestó que entonces se muriera, ya que es mejor estar muerto que poner límites a lo que podemos hacer. Debo aclarar que esto es una anécdota que alguna vez leí en una fuente que no podría decir que es del todo fidedigna, por lo que no podría asegurar que realmente sucedió de esa forma o si efectivamente dijo tal cosa, sin embargo, sea quien sea que lo haya dicho, es algo que no comparto. Es cierto que no podemos saber nuestros límites si no los exploramos, y no hacerlo por simple ocio es algo que considero imperdonable, pero no estoy en absoluto de acuerdo con eso de que es mejor estar muerto, porque muertos no podemos hacer nada, y resulta algo absurdo morir por algo que está en nuestras manos evitar. Si no podemos correr más de quince kilómetros, o sabemos que no nos encontramos físicamente en forma para hacerlo ¿qué ganamos tratando de correr un maratón el fin de semana siguiente? Sería algo absurdo y disparatado. ¿Qué ganamos tratando de seguir el paso a los verdaderamente talentosos y capacitados para algo que no está a nuestro alcance? Cierto que debemos exigirnos, eso es indiscutible, pero de una manera gradual y razonable, de acuerdo a nuestra capacidad. ¿Qué ganamos diciendo a cualquier estudiante de música que si se esfuerza puede llegar a escribir algo como la novena sinfonía de Beethoven si sabemos que no todos tenemos el talento del maravilloso Ludwig? De ahí pueden surgir ciertas frustraciones, y ¿qué ganamos viviendo una vida frustrada? Más vale decirle a ese mismo estudiante que siempre se esfuerce al máximo, que no deje de hacer todo lo que está en sus manos para intentar escribir algo tan bueno como la sinfonía de Beethoven, pero que no pasa nada si no lo consigue. Al final no importa no hacerlo sino haberlo intentado, y esto último, intentarlo verdaderamente, es algo que sí está en nuestras manos. Además, en última instancia, nuestra felicidad no depende de si estamos o no a la altura de Beethoven. Si no tenemos el talento que deseamos en el arte o actividad que deseamos, no pasa nada, aún podemos disfrutar del talento de aquellos que sí  lo tienen y que dejaron una importante huella. Poco importa para fines prácticos quién escribió tal o cual sinfonía si cualquiera puede disfrutar de ella.

Admiro a Bruce Lee por su capacidad física sobrenatural, eso no lo pongo en tela juicio, y no pongo en entredicho para nada su talento como atleta ni mucho menos, porque eso es visible para todo mundo, simplemente no estoy de acuerdo con eso frase en particular que se le atribuye y que, repito, bien podría ser que ni siquiera la haya dicho, pero lo que es indiscutible, es que no todos somos Bruce Lee ni de lejos. Hablando de este grandioso atleta, lo que es una verdad es que murió muy joven, apenas pasando los treinta años, y ¿quién podría afirmar con certeza absoluta que en su muerte no tuvo nada que ver el fuerte régimen de entrenamiento que se dice que realizaba cada día? En dado caso, considero importante que cuando realicemos cualquier ejercicio lo hagamos hasta el punto en que de manera natural el cuerpo nos avisa que ese es nuestro límite. No creo apropiado exigirlo más allá de ese límite. No obstante, sí creo en que ese límite podemos expandirlo gradualmente, pero nuestro mismo cuerpo nos avisará de forma precisa hasta dónde es nuestra verdadera capacidad, en esto la naturaleza no engaña. El ejercicio no es para sufrirse, es para mantener sano al cuerpo, ya que de hacer lo primero, el hacerlo hasta sufrir, resulta algo que lejos de mantenernos sanos nos podría traer consecuencias negativas.

La conclusión general que se puede presentar de todo cuanto hasta aquí hemos dicho, más allá de las ideas particulares, es que debemos siempre regirnos por la moderación en el comer, en el beber y en el ejercicio. Realizar esto de manera balanceada y, sobre todo, debemos estudiar nuestro organismo y hacer caso de las señales que nos da, porque en eso la naturaleza no falla. El mismo cuerpo nos avisa qué alimentos nos caen bien o mal a cada quien en particular, así como los ejercicios para los que tenemos mejores aptitudes; simplemente debemos saber escuchar esas señales y seguir el sendero que la misma naturaleza pone delante de nosotros.

                                                                                                                                                                 GMM

 
Deja un comentario

Publicado por en julio 5, 2016 en Ensayo

 

Etiquetas: , ,

DE CÓMO ATRIBUIMOS NUESTROS MALES A COSAS FANTASIOSAS

Es bastante notorio hasta dónde puede llegar el ser humano cuando se trata de culpar a todo mundo de nuestras culpas antes que culparnos a nosotros mismos. Pareciera que resulta sumamente difícil realizar un ejercicio crítico acerca de nuestros actos y sus consecuencias, el asumir las culpas que nos toquen en lo que podamos hacer, porque lo ordinario es que siempre culpamos a otros de nuestras desgracias: al vecino, al gobierno, a los compañeros de trabajo, a la familia, a Dios, etcétera. En ocasiones lo anterior se lleva al ridículo, porque si de algo me he dado cuenta a lo largo de mis años es de que no existen límites para la ridiculez en el ser humano. Hace unos días leí una nota en el periódico en donde se hacía mención de una campana de la Catedral de la Ciudad de México que había sido “castigada”, en 1967, debido a que un hombre, al estarla haciendo repicar, dado que no tenía demasiada experiencia en tales menesteres, fue golpeado por ella, ya que no esquivó a tiempo el movimiento de la campana, lo que ocasionó la caída y muerte de este hombre. Y la nota hacía mención de que esta campana había sido “perdonada” hace algunos años.  Lo que resulta ridículo en todo esto, y hasta cómico si se quiere ver así, es haber culpado a la campana de esa muerte, es decir, culpar a algo inmaterial. Incluso se llegó a la aberración de justamente bautizar a la campana con el apodo de “La castigada”, porque resulta que su castigo consistió en no haber sido tocada durante algo así como 30 años y quien al parecer tuvo que otorgar el “perdón” a la pobre campana fue el mismísimo cardenal o alguna otra personalidad de la jerarquía católica. Esto yo lo imagino como una escena de película cómica que podría ser más o menos así: el cardenal o su representante o alguna otra alta personalidad de la iglesia católica en México, así como algún par de sacerdotes más como testigos, para darle honorabilidad al acto, hablándole a la campana, diciéndole que actuó mal, pero que por otro lado han reflexionado seriamente acerca del castigo que le habían impuesto y que, después de una larga deliberación, habían determinado perdonarla, ya que consideraban que treinta años sin ser tocada había sido ya demasiado, que le habían dado suficiente tiempo para que reflexionara acerca del mal que había causado y que el consejo, que podríamos llamar “Del perdón”, haciendo gala de su más alto grado de magnificencia, finalmente la indultaban, pero con la condición de que se anduviera con más cuidadito, que por favor no se vuelva a repetir, que no fuera a ser que se le ocurriera matar a otro hombre porque considerarían seriamente castigarla otra vez, ya no con treinta, sino sesenta o hasta cien años, ya que contaría con el agravante de ser reincidente, así que más valía que se comportara porque a partir de ahora contaría con una estrecha vigilancia en su manera de actuar, y la campana, por supuesto, aceptaría el regaño, diría que es cierto, que ha tenido tiempo de reflexionar en el mal que hizo y que promete, por la dignidad de todos los santos de la Catedral, que no volverá a pasar.

Se me perdonará que ridiculice hasta este punto la situación, pero si hubiera una escala del uno al diez para medir la ridiculez, y diez es la escena que acabo de describir, pienso que lo que verdaderamente pasó bien pudiera merecer mínimo nueve, es decir, no hay tanta diferencia entre esta escena y lo que verdaderamente pasó en términos de ridiculez, es decir, culpar a la campana por la torpeza del momento de aquel hombre, que para no ser tan rudos con él, digamos que a cualquiera le pudo haber pasado, eso sí.

Tomando esto como ejemplo, valiente manera tendríamos de justificarnos de nuestros actos. Echarle la culpa a la campana en este caso es algo similar a si le echáramos la culpa a la piedra que nos hace tropezar o caer. Nos veríamos ridículos dándole de pisotones a la piedra o regañándola a gritos por haberse cruzado de manera poco oportuna entre el piso y nuestro pie. Sin embargo, el asunto es que llegamos a hacer este tipo de cosas, como si la piedra, siguiendo el ejemplo, se fuera a sentir culpable, o fuera a cobrar vida para pedirnos una sentido disculpa; y el hacer esto es la prueba más elemental de que no estamos acostumbrados a analizar las cosas con calma y saber determinar hasta qué punto llega nuestra responsabilidad en lo bueno o malo que nos pueda pasar.

Es cierto que hay cosas que no están en nuestras manos, pero también es cierto que difícilmente nos paramos a analizar lo que posiblemente estamos haciendo mal, y queremos descargar nuestra conciencia culpando a algo o a alguien de nuestras desgracias, porque desde nuestro erróneo punto de vista, lo que está mal no puede venir de nosotros, otras cosas tuvieron que ser culpables.

Tenemos que aprender a ser autocríticos, a estudiarnos a nosotros mismos, a detectar, a la par de nuestras virtudes, nuestras posibles faltas y defectos, porque pareciera que le damos más peso a lo que parece concordar con la opinión favorable (y por lo regular desproporcionada) que tenemos de nosotros mismos, y no nos gusta ver el lado desagradable que pueda haber en nosotros, es decir, nuestros errores y defectos. Todo mundo dice, “no soy perfecto”, pero muy pocos analizan a fondo esa proposición, y lo anterior se queda en meras palabras, y todavía muy pocos se dedican a estudiarse a sí mismos, lo cual impide, en última instancia, que podamos encontrar esas imperfecciones de las que en palabra hacemos mención pero que en actos realmente pocas veces intentamos llegar a fondo, porque es fácil decir, “tengo defectos, como todo mundo” e incluso encontrar defectos en los demás, pero lo que es difícil es decir que conocemos a fondo los nuestros. Tales de Mileto decía que era algo difícil llegar a conocerse a sí mismo, pero arriesgándome un poco a interpretarlo, ya que esa frase puede tener distintas connotaciones, pienso que el significado que él le daba a esto era que resulta difícil más porque no hay una verdadera intención de hacerlo que por una dificultad inherente (aunque también la hay, lo cual también es indiscutible). La mayoría de personas somos apáticos en relación al estudio total y a fondo de nosotros mismos. Debemos estudiar las dos caras que hay en nuestra alma, no sólo la que nos gusta ver. También debemos analizar nuestros defectos y lo que hacemos mal. El no realizar ese estudio real en nosotros mismos, es como estudiar sólo una cara de las cosas, lo cual resulta ventajoso respecto a la conclusión que queremos sacar para cualquier tema, ya que la información es sesgada. Por ejemplo, no podemos estudiar las propiedades de una manzana si únicamente la estudiamos cuando es agradable a la vista, cuando su olor y su sabor son gratos; debemos también atrevernos a estudiarla cuando se encuentra en estado de descomposición y no presenta su mejor cara. Esto resulta en un estudio un tanto desagradable pero muy provechoso para entender mejor a la manzana y sus propiedades. Así debe ser el estudio que hagamos de nosotros mismos, es decir, no sólo estudiar nuestro estado pleno y la mejor cara de nuestra alma, sino también estudiar lo que puede haber de “putrefacto” en ella, y esto nos dará una visión mucho más objetiva de nosotros mismos, que es una de las premisas básicas para poder llevar una vida tranquila, acorde con la naturaleza.

Por otro lado, tampoco debemos llegar al extremo de culparnos por todo, de creer que somos un caso perdido y que todo lo que hacemos está mal, porque esa es la cara opuesta del mismo vicio; que es no saber analizar las cosas con serenidad y no entender que, haya pasado lo que haya pasado, ya quedó atrás, y que lo que ya sucedió no hay manera de hacer que no suceda, pero lo que sí se puede hacer es tomar el conocimiento que alguna cosa desagradable nos haya dejado para evitar que nos vuelva a ocurrir algo similar, o en su defecto, al menos intentar que no nos afecte en la misma magnitud.

GMM

 
2 comentarios

Publicado por en junio 13, 2016 en Ensayo

 

Etiquetas: ,

DE POR QUÉ ESCRIBO ESTOS ENSAYOS

Considero que para todo aquel que escribe algún tipo de obra, es algo muy importante tratar de justificar, así sea de manera meramente superficial, las motivaciones que tiene para ello. Esto en lo personal siempre ha llamado mi atención en las lecturas que realizo. Procuro leer con detenimiento los prólogos y comentarios que los autores hacen de su propia obra, incluso, leo con placer los prólogos que en su caso realizaron a las primeras ediciones de sus libros. No dejo de sentir un sentimiento de decepción y tristeza cuando los libros no traen una pequeña introducción escrita por su propio autor. En ocasiones traen algún tipo de prefacio o prólogo escrito por alguna otra persona, lo cual generalmente no es despreciable, pero definitivamente pienso que no hay nada comparable a conocer las razones y motivaciones del propio autor. En relación a esto, estoy de acuerdo con Schopenhauer, quien extendiendo un poco el argumento  anterior decía que debemos leer las obras directamente de sus autores, ya que leer las ideas de algún pensador a través de alguna otra interpretación (como los libros aquellos de “La filosofía de Kant según tal o cual” o “Nietzsche para dummies” y todas esas aberraciones), era como si alguien masticara nuestros alimentos por nosotros y después los echara a nuestra boca, analogía que considero muy afortunada y precisa.

Regresando al tema de las motivaciones escritas por los mismos autores acerca de sus obras, cuando se trata de autores a los que admiro en demasía, para mí resulta muy gratificante el saber cómo pensaban, las ideas que tenían acerca de lo que querían plasmar, los métodos que pretendían utilizar, el público al que pretendían llegar, entre tantas otras cosas. Al respecto, pocas justificaciones tan buenas he leído de obras como la que realizó Honoré de Balzac para su “Comédie humaine”.

En algún punto de mis estudios literarios, también me percaté de que me causaría un enorme placer el conocer qué pensaban mis antepasados no necesariamente de alguna obra que hubieran escrito, sino de sus propias vidas, que son sus obras más importantes. Por ejemplo, me hubiera gustado tener la posibilidad de leer algún escrito en donde se plasmara un poco algunas ideas o costumbres de alguno de mis bisabuelos, cómo vivían, que pensaban de la sociedad, de su familia, de las personas que los rodeaban, lo que los maravillaba, lo que les causaba algún tipo de enojo, lo que comían, los juegos que realizaban, cómo se divertían y tantas otras cosas. A lo más que he llegado con esa curiosidad es a lo que sé de oídas, pero nada se compara a haber tenido la posibilidad de leer sus propias palabras. En fin, derivado de lo anterior es por lo que me gustaría tratar de esbozar, de manera general las motivaciones que tengo para escribir estos ensayos, porque considero que toda obra merece una justificación, así sea de lo más sencilla, por parte de su autor. Por cierto,

Tengo en cierta estima mis escritos pero no les doy más valor del que tienen, puedo decir como algo absolutamente cierto que considero que no hay ninguna novedad en ellos, porque he aprendido que es cierto aquel dicho que se le atribuye al Rey Salomón, acerca de que no hay nada nuevo bajo el Sol. El creerse innovador a estas alturas de la existencia de la humanidad es una mera vanidad. Todo lo que pensamos ya lo ha pensado alguien más, de una o de otra forma, pero lo que deseo es dejar constancia acerca de mis ideas y de mis fantasías a través de estos escritos. Si alguien, de quienes tienen la amabilidad de leerme, considera que puede haber algo en ellos de valor y que pueda aplicar en su vida, adelante, puede tomar cuanto guste, aunque siendo honestos, yo escribo más con el afán de estudiarme a mí mismo, de dejar plasmadas las ideas, correctas o equivocadas, que tuve en algún momento de mi vida, y a partir de ahí, compararme cuando tenga más años de experiencia, si es que mi tiempo de vida da para tanto. Escribo principalmente para mí, pero con el posible agradable efecto secundario de que le pueda resultar útil o ameno a alguien, así sea en lo más mínimo. Adicionalmente, escribo también principalmente para aquellas personas que me conocen, principalmente mis familiares y amigos cercanos, no con el propósito en sí de que lean lo que escribo, porque hay muchísimos más escritos con cosas de mucho mayor calidad y relevancia que cualquier cosa que yo podría decir y en los que podrían invertir su tiempo de una manera mucho más productiva, sino más bien con la intención de que, si en algún momento tuvieran curiosidad de conocer un poco más de mí, tengan un acceso directo a mi forma de pensar, es decir, a mi ser. Por lo anterior, no pretendo escribir nada que contradiga mi manera de actuar o pensar, ni aún con la intención de causar algún beneplácito a mis seres cercanos, porque soy lo que soy, y me acepto con mis virtudes y con todos los defectos que me conozco y que me falten por conocer y lo que más deseo es que esos seres cercanos en mi vida me puedan aceptar también como soy, como un ser imperfecto con deseos de aprender más de mí mismo y de la naturaleza cada día.

Si un pintor realizara un autorretrato suyo cada determinado tiempo, podría, después de haber realizado varios, estudiar su fisonomía, y cómo esta se ha ido modificando a lo largo de los años, las distintas expresiones de su rostro a lo largo del tiempo, etcétera, es decir, podría realizar un estudio concreto de sí mismo, específicamente de su rostro, detectar en qué momento apareció la primera arruga en su frente, sus primeras canas, etcétera. Lo que yo pretendo con estos ensayos es justamente algo análogo con mis ideas, realizar un estudio de ellas, de cómo van adoptando distintos matices a lo largo del tiempo, de las que permanecen igual, de cómo se van moldeando en virtud de los años y de las experiencias vividas, en fin, realizar un estudio de mí mismo en ese terreno, porque cada ensayo retrata ideas que tuve en algún momento concreto de mi vida, y me resulta interesante poder ver esos “retratos” en muchos años. Me habría gustado tener dotes de pintor, de tal forma que también pudiera realizar ese otro tipo de estudios artísticos, pero no los tengo, así que me limito al estudio intelectual de mí mismo, y ese estudio intelectual que podemos hacer sobre nosotros mismos siempre está a nuestro alcance, sólo basta estirar un poco la mano. Podría decir que estos escritos son mis respectivos autorretratos, y que quien les dé una hojeada, estará haciendo algo equivalente a mirar un poco de mi alma. Hasta ahí respecto a mis intenciones. Ahora hablaré un poco acerca de lo que no pretendo.

No pretendo en absoluto dar la idea de que deseo establecer algún tipo de línea de pensamiento o algún tratado ético o algún tipo de guía de conducta. Nada menos que eso. Si bien es cierto que mis ideas, en consonancia con el hecho que me considero afortunado por lo que la vida me ha dado, me han servido para conducirme de una manera que según yo ha sido más o menos satisfactoria; no pretendo en lo más mínimo que las mismas reglas de conducta sirvan para todo el mundo, porque pretender establecer una ética universal es algo imposible, en el entendido de que no hay nada tan cambiante en sus opiniones como el ser humano, y lo que hoy puede parecer bueno mañana podrá parecer malo. Admito que existen ciertos patrones que podría decirse que están más allá de estas inconsistencias propias de los humanos, pero a esas reglas sólo podemos acariciarlas, no podemos decir que las asimos con fuerza, porque no está al alcance de nuestro limitado entendimiento conocer las cosas en sí, sino como decía Kant, únicamente las podemos conocer como se nos representan. No obstante, el hecho de poder verlas de manera somera nos ha permitido como especie permanecer con vida, siguiendo ciertos patrones éticos y morales que en ocasiones nos parecen lógicos, pero que pocas veces seguimos de una manera consciente. Tomando eso en consideración, no pretendo que todo mundo esté de acuerdo con lo que digo, todo lo contrario, acepto que habrá muchas cosas con las que no se concuerde, pero con ello pretendo darme a conocer con todas mis imperfecciones y sin la más mínima intención de agradar.

En segundo lugar, tampoco pretendo conseguir ningún tipo de fama ni de renombre, porque la vida me ha dado siempre la serenidad para estar a gusto con lo que tengo y no perseguir vanas quimeras ni cosas que no estén a mi alcance. En ese sentido, pienso que, poniendo en una balanza lo bueno y lo malo que me ha pasado a lo largo de la vida, lo bueno gana por mucho, por lo que nada tengo que reprochar a la vida, todo lo contrario, me siento agradecido por todas las cosas que me ha permitido disfrutar y apreciar a lo largo de los treinta y tres años que tengo de existencia, y si bien estoy de acuerdo con aquella afirmación que alguna vez leí, acerca de que uno no puede decir que tuvo una vida feliz hasta su último día, porque nunca se sabe las desventuras que nos esperan en el futuro; podría decir que siempre estaré agradecido por lo bueno y lo malo que me pueda suceder, porque de todo se puede obtener aprendizaje, y porque estos treinta y tres años los he vivido en plenitud física y mental y en arreglo a mis principios básicos acerca de cómo conducirse en la vida; y además treinta y tres años en la vida de un hombre, aunque no es demasiado, tampoco es poco, porque hay muchísimas vidas que terminan antes de esta edad. Por otro lado, como alguna vez creo que he dicho en alguno de mis ensayos, coincido con aquello que decía Epicteto, en el sentido de que con poca vida se puede hacer mucho, por lo que bien puede ser que haya personas que vivieron menos que yo y que hayan experimentado grados más elevados de felicidad y también puede haber personas que han vivido mucho más y que no han hecho gran cosa de su vida, entendiendo esto no como conseguir grandes empresas, sino saberse conducir en sintonía con la naturaleza humana, guiados por la razón y la virtud, con tranquilidad y sin ambiciones desmedidas, porque la felicidad consiste en última instancia en eso, estar tranquilos.

Así como un sencillo pañuelo puede no tener ningún valor intrínseco para nadie, más que para alguna sola persona que lo tenga en estima por algún lazo sentimental o alguna otra circunstancia, así mis escritos. Pienso que no valen gran cosa en sentido real, pero para mí han servido lo suficiente en mi propósito de estudiarme a mí mismo. Como en repetidas ocasiones lo he expresado, para mí es algo verdaderamente importante el estudio que podamos hacer de nosotros mismos, ya que esto nos acerca un poco más a la esencia de la naturaleza de las cosas. Hasta el momento, considerando el tiempo que llevo de vida, considero que he realizado este estudio de una manera un tanto satisfactoria para mí mismo, es decir, considero que me conozco hasta cierto punto, porque tampoco podría decir que tal estudio lo he realizado de manera completa o enteramente satisfactoria; decir eso sería una pretensión falsa, ya que considero que, como en cualquier otro asunto en que nos apliquemos, nunca terminamos de aprenderlo, y con más razón esto aplica para algo tan complejo como el estudio de nosotros mismos, sin embargo sí podemos acercarnos a la cuestión tratada. Aunque nunca lleguemos a nuestro destino planteado, sí resulta una gran diferencia avanzar todos los pasos que podamos hacia él, porque no es lo mismo ver cualquier figura de lejos que, aunque nos esté velado llegar a ella, verla unos cuantos metros más cerca.

En conclusión, mis propósitos para estos ensayos se resumen principalmente en dos: el continuar con el estudio que hago de mí mismo, y el dejar algún tipo de memorias por si alguna vez alguien está interesado en saber un poco de mí. No soy nadie fuera de lo común, ni lo que hago es algo que no esté al alcance de hacer de cualquier otra persona que se aplique en ello. Las grandes obras son dignas de grandes hombres, y no considero que yo pertenezca a esa categoría. Sin embargo, para todo aquel que llegue de alguna o de otra manera a estas páginas, le expreso mi más sincero agradecimiento y espero que puedan encontrar entre ellas algo que les aporte, si no un conocimiento concreto, al menos el deseo de obtener ese conocimiento.

 
Deja un comentario

Publicado por en mayo 27, 2016 en Ensayo

 

Etiquetas: ,

DE CÓMO LA FAMA NO ES UN BUEN PARÁMETRO PARA MEDIR LA CALIDAD

Es algo común para el ser humano el intentar dejar algún tipo de huella de su paso por el mundo, ya sea consagrándose en alguna actividad en particular, ya artística, ya de otra índole; y si la fama no se nos da, esperamos que al menos la gente que nos conoció guarde un buen recuerdo de nosotros cuando ya no estemos en este mundo. Esto es algo vano y fútil, porque no nos damos cuenta de que, sea cual sea el legado que dejemos, en algún momento desaparecerá, ya sea en unos años, en siglos o milenios, porque el mundo no es eterno y por ende no lo es nada que en él exista. No obstante, cuántas personas han dedicado sus años a intentar hacerse famosos, de alguna o de otra forma, incluso a veces cometiendo infamias, porque el actuar mal en extremo también ha provocado, a lo largo de la historia, que ciertas personas hayan ganado fama, lo cual es la primera muestra clara de que la fama no es sinónimo de calidad. ¡Cuántos años se dedican a perseguir la fama aún a costa de la tranquilidad y bienestar propio! Además la fama está sobrevalorada, ya que es mucho más lo que se pierde tratando de alcanzarla que lo que ganamos con ella en términos objetivos.

Por otro lado, considerando lo anterior, la fama no es más que un mero espejismo. El intentar dejar un legado resulta un esfuerzo inútil, propio de la vanidad del ser humano. No podemos aceptar que nuestro paso por este mundo es efímero e intentamos por todos los medios que se nos recuerde cuando hayamos muerto. Todos los proyectos y acciones que emprendamos, debemos hacerlos bajo la premisa de que sea algo que nos deje satisfechos, porque la recompensa que debemos esperar de nuestras acciones no debe estar puesta en el reconocimiento que otras personas le puedan dar a nuestras acciones, sino en la acción en sí. Por ejemplo, si una persona tiene un gesto altruista y realiza una donación a alguna organización, no debe realizarla gritando a los cuatro vientos que viene de hacer una donación, sino que debe contentarse con el sentimiento que le deje a sí mismo, porque en el primer caso no se trata de una donación sincera, sino de una acción un tanto egoísta, aunque parezca paradójico. Las acciones buenas que desde nuestra perspectiva realicemos, no debemos hacerlas esperando obtener alguna recompensa o reconocimiento, debemos hacerlas de una manera desinteresada, porque, como he dicho anteriormente, la recompensa de una buena acción no está en el reconocimiento de nuestros semejantes, sino en la acción misma y por supuesto en el reconocimiento propio. La sola realización de la acción debe ser suficiente recompensa para nuestro corazón.

Esperar algún tipo de reconocimiento de la gente es perseguir una quimera, porque no hay nada tan contradictorio e inconstante como el ser humano, y el que hoy nos alabó, mañana puede vituperarnos. ¿Por qué vamos a desgastarnos tratando caer en gracia de ese ser tan variable en sus juicios que es el ser humano? No podemos dar más valor a lo que no lo tiene, y la opinión de nuestros semejantes, en general, vale mucho menos de lo que suponemos, esto lo digo en sentido objetivo, entendiendo la ínfima parte que tenemos en el funcionamiento del universo, y considerando por supuesto que aún la opinión que formamos como seres humanos de nosotros mismos está por lo regular sobrevalorada, porque nos creemos la especie superior en el planeta, y esa es una expresión con la que nunca podré estar de acuerdo, porque no considero que el ser humano sea mejor o peor especie que, por ejemplo y por decir cualquier cosa, un águila, porque ¿en qué basaríamos la comparación? Cierto que el ser humano supera en algunas cosas al águila, pero es cierto también que el águila supera en algunas otras al ser humano, como en la capacidad de volar, en la velocidad, en la vista, etcétera, ¿y quién podría decir fehacientemente qué vale más o qué vale menos respecto a las cualidades que cada especie tiene? Por ello es por lo que creo que ninguna especie es más o menos que otra, porque todas las especies formamos parte del universo, de la naturaleza, en un orden superior cuya comprensión está más allá de nuestras capacidades, pero en ese orden superior de la naturaleza, toda especie vale lo mismo que cualquier otra.

Una vez puesto en contexto lo anterior, y si adicionalmente reiteramos que la opinión de los seres humanos es algo inconstante, podemos apreciar que la opinión de nosotros, seres humanos, por lo regular no tiene ningún valor verdadero, todo está sujeto a juicios y opiniones subjetivas, las que nos hacemos con todo lo que está a nuestro alcance, como experiencias, percepciones, etcétera, pero no podemos decir que tenemos o conocemos la verdad absoluta, porque eso sería algo extremadamente pretencioso y que sale por completo a la capacidad de lo que podemos hacer como seres humanos. Intentar penetrar en la verdad absoluta es como si una ballena quisiera volar, es algo completamente impensable para la naturaleza de la especie; y de esa misma forma, el pretender conocer las cosas en la esencia de la naturaleza, el querer saber algo de una manera irrefutable, es algo que pienso que no está en la naturaleza de la especie humana, por lo que lo más que podemos hacer es contentarnos con tener ideas aproximadas, y teniendo plena conciencia de que todo lo que sabemos está sujeto a nuestra mera percepción personal, o en otras palabras, como sabiamente decía Sócrates, no sabemos nada.

Todo esto me sirve perfecto como preámbulo para llegar al punto central de este ensayo: la fama no es un buen parámetro para medir la calidad de algo o alguien, porque en su sentido conceptual, la fama no es en su sentido más elemental más que opiniones de algo, buenas o malas, pero opiniones al fin, y como hemos visto, las opiniones carecen de un valor real objetivo. Por lo tanto, juzgar algo simplemente por la fama resulta una manera incompleta de juzgar las cosas, porque sería equivalente a decir que, por ejemplo, una canción nos gusta (o disgusta), aún sin escucharla, solamente porque a la mayoría de la gente le gusta (o disgusta). Este es un tipo de juicio muy común.

Como he dicho anteriormente, alguien puede ser famoso por buenos o por malos motivos, porque las personas que han llevado a cabo malas acciones en extremo también han sido famosas. Este comportamiento, el de hacerse famoso por acciones malas, puede haberse dado de manera involuntaria, simplemente porque el que actúa mal la mayoría de las veces tranquiliza  su conciencia convenciéndose a sí mismo de que en realidad lo que está haciendo es algo bueno o que, en el peor de los casos, si bien las acciones son malas, el fin es bueno. Esta idea, la de que no importa si los medios son malos siempre y cuando el fin sea bueno, es algo con lo que no estoy de acuerdo, porque desde mi punto de vista, y por definición, lo que procede de algo malo no puede ser bueno, porque el bien y el mal tienen características muy distintas, sería como decir que si mezclamos bronce con bronce obtengamos oro, parece ser algo absurdo, pero este no es el punto a tratar aquí, así que eso quedará para algún otro ensayo.

Retomando lo que decía unas líneas antes, hacerse famoso por algún acto malo puede haber resultado algo involuntario, pero el buscar la fama a conciencia a través de acciones malas, sabiendo que sus acciones son malas, resulta algo que nunca podrá ser vituperado lo suficiente, porque es algo despreciable.

Existen personas que se hacen famosas por sus virtudes, o porque exceden a la mayoría de gente en alguna cualidad particular, por ejemplo, en el terreno del arte, hay históricamente personas famosas porque se han destacado de manera sobresaliente en alguna disciplina, como la música por ejemplo, en donde incluso el día de hoy tenemos conocimiento de obras y autores de hace muchos siglos, y el hecho de que algo sobreviva en la memoria de generaciones y generaciones de humanos resulta algo digno a considerarse, ya que significa que alguna o varias cualidades tiene. En este caso tenemos por ejemplo a Beethoven, a Mozart, a Bach y a tantos otros, cuyas obras siguen siendo famosas actualmente y esto me lleva a la siguiente cuestión.

La fama conquistada por estos compositores, así como cualquier otro que se pudiera agregar a esa lista, está plenamente justificada, porque se deriva de algo tan loable como crear música, y no de manera ordinaria, sino de manera excepcional, es decir, se trata de almas que verdaderamente se elevan muy por encima de la mayoría de la gente, y que más bien son excepciones que pienso que la naturaleza envía de vez en cuando para contrarrestar un poco todo lo malo que en general hacemos como especie y la mediocridad que por lo regular tenemos como límite en nuestras capacidades, porque aunque no nos guste, la mayor cantidad de personas no pasamos de ser mediocres, así vivimos y así morimos, y las excepciones a esto son extremadamente contadas. Esto no significa que no tengamos un fin en el universo de la naturaleza o que no podamos ser felices, pero sí significa que no podemos engañarnos y creer que somos capaces de escribir por ejemplo la novena sinfonía de Beethoven, pero quiero enfatizar en que esto, el hecho de no estar a la altura artística de estos hombres tampoco debe ser motivo de infelicidad, porque cada quien, dentro de sus capacidades, en verdad puede hacer mucho, y no sólo en el arte sino en cualquier terreno. Por otro lado, aquí hablo de esta manera y con un ejemplo evidente de diferencia entre un alma virtuosa y una vulgar, pero tal comparación resulta evidente porque nos estoy comparando a verdaderos genios, y la distancia que hay entre esas almas superiores y las almas comunes (como somos la mayoría) es como la que hay entre el fondo del mar más profundo y el pico de la montaña más elevada. Así que contentémonos con lo que somos y con lo que podemos, porque eso es suficiente para que tengamos una buena vida, y el no estar a gusto con lo que tenemos y con lo que podemos hacer, es el origen de la envidia y de una vida intranquila e infeliz.

Es de notar que con esto no quiero decir que unas almas sean más importantes que otras en el conjunto de la naturaleza, simplemente que algunas nacen con capacidades sobresalientes para la realización de cualquier cosa, pero cada persona puede tener capacidades distintas y en distintos niveles, lo cual no los hace menos, independientemente de cuáles sean estas. Esto me lleva a estar de acuerdo con lo que decía Michel de Montaigne, cuando aseguraba que la fama puede considerarse un mero accidente, una simple cosa de la suerte. Esto es verdad, porque cuántas personas hay en el mundo que son, desde el punto de vista de lo honorable, personas con mucho mayor calidad espiritual y moral que muchos que son famosos, y estas personas sobresalientes en el terreno de las virtudes importantes de la vida, que son principalmente las que están destinadas a sabernos conducir humanamente, no pasan de ser conocidos de sus parientes o amigos cercanos, cuando merecerían que su ejemplo se predicara por doquier. Por otro lado, hay personas que son famosas sin tener méritos sobresalientes, porque la fama no sólo se puede deber a que sean sobresalientes en algo, la fama también puede ser fabricada.

Paradójicamente, las personas que más merecen ser famosos son las que al mismo tiempo no tienen deseo de serlo, porque una de las principales reglas para conducir una vida de manera tranquila y sin preocupaciones es precisamente tener la sabiduría para poder apreciar en su correcta magnitud el valor que puede tener la opinión de la gente, o en otras palabras, no dar una importancia excesiva a lo que los demás opinen sobre nosotros. En honor a la verdad, esto es algo que resulta complicado, porque es sumamente complejo tener la sabiduría pasa sustraerse por completo a las opiniones, buenas o malas, que la gente tenga sobre nosotros, y esto es difícil porque el primer paso para conseguir ello es realizar un verdadero esfuerzo para conocerse a sí mismo, cosa que he podido observar que casi nadie hace, y no me refiero a un conocimiento superficial, sino estudiar enteramente todo nuestro ser, desde la parte más elemental hasta la más compleja, y esto es algo que no se puede hacer en un día, se necesitan años de constante reflexión, por ello son raras las personas que pueden llegar a cierto grado de sabiduría, ya no digamos completa, sino mediana. Me parece algo totalmente sabio aquella inscripción que se cuenta que existía en el templo de Apolo, en Delfos, “Conócete a ti mismo”. Considero esta como la premisa básica de sabiduría, porque siempre he tenido la impresión de que si somos capaces de conocernos a nosotros mismos de una manera total y consciente, es equivalente a conocer el universo, nuestro universo particular. El universo está en cada uno de nosotros, porque formamos parte de él, en él nacemos y en él morimos, y porque conociéndonos a nosotros mismos se podría decir que conocemos todo lo que en el ser humano puede haber, porque todos experimentamos las mismas emociones, amor, tristeza, melancolía, desencanto, etcétera, y conocerlas de raíz es conocer algo que aplica para todo mundo. No obstante, también estoy convencido de que hay cosas que nunca estará a nuestro alcance conocer, incluso sobre nosotros mismos, y por ello es que siempre habrá misterios que estarán velados para nosotros eternamente. No pretendamos pues más de lo que podemos, pero sí intentemos llevar al máximo nuestras capacidades cognoscitivas en lo que se refiere al estudio sobre nosotros mismos. Además, el conocimiento de nosotros mismos, de cómo reaccionamos ante distintos estímulos, de lo que nos enfada, de lo que nos place, de nuestro carácter en distintas circunstancias, etcétera, tiene muchas ventajas tangibles en la consecución del objetivo que mencioné anteriormente: el saber conducir nuestra vida de la mejor manera posible.

Regresando al tema de la fama, como ya he dicho, hay personas que se hacen famosas por cualquier tontería, como actualmente la conocida “Lady 100 pesos”, que se hizo famosa porque alguien circuló en internet un video en dónde aparece en estado de ebriedad intentando sobornar a un policía. Aquí también agregaré que hay muchas personas que se indignaron porque se hizo famosa precisamente por eso, y a esto yo digo que si lo que la mujer hizo resulta algo que no merece tener la fama que tiene, el indignarse por ello resulta algo igualmente ridículo, porque ¿en qué nos afecta en realidad si alguien se hace famoso por méritos o por tonterías? Indignarse porque alguien se hizo famoso por una tontería, como es el caso, es desgastarnos con cosas superfluas y es no tener la capacidad de diferenciar las cosas a las que debemos avocar nuestras reflexiones, porque ¿qué nos puede dejar desgarrarnos las vestiduras porque alguien se haga famoso por eso? En tal escenario seríamos como los perros que al primer ruido que escuchan ladran sin saber bien ni a qué  o quién le están ladrando. Es desgastarnos en banalidades, y no podría decir ciertamente si es esto no es igual de malo o peor que el hecho que generó la indignación. También siento que en eso hay un dejo de envidia individual, por creer que quizá nosotros mereceríamos tener tal grado de fama considerándonos, como suele hacerse, superiores a la media. Por mi parte, yo estoy contento conmigo mismo porque sé que puedo decir honestamente que no me considero ni peor ni mejor que nadie, en mí tengo mi propia medida, no me comparo con nadie, lo cual le da serenidad y tranquilidad a mi alma. Y también sé que soy muy inferior en cualidades y virtudes a muchísimos otros hombres que admiro y de los que he leído sus obras para intentar adentrarme un poco en sus pensamientos y poder aprender algo de ellos; aunque a esas almas tan elevadas, como bellamente decía Montaigne, más los veo meramente pasar que poder seguirles el paso, porque mis capacidades no dan para tanto, por lo que no tengo falsas pretensiones y acepto lo que la vida me dé, porque siguiendo un poco la corriente de los estoicos, la tranquilidad está en saber estar contento con lo que uno tiene, así sea poco, y eso es lo que considero que ocurre en mi caso, puedo contentarme con poco y no tengo ambiciones desmedidas, lo que venga será bienvenido, y lo que se vaya será bien ido.

No obstante, esas personas que se preocupan por la fama inmerecida que consideran que alguien pueda tener, no deberían de cualquier forma estar tan preocupadas, porque la fama que se gana por cosas sin importancia o sin contar con algún tipo de mérito, es terriblemente pasajera. En eso pareciera que hay cierta capacidad humana histórica de selección, ya que parece ser que al paso de los años únicamente se conserva lo que tiene algún valor para la humanidad, como mencionaba de las obras de Beethoven u otros músicos, mientras que, por otro lado, siguiendo el ejemplo de la música, aunque aplica para cualquier campo, hay artistas que se hacen famosos por alguna sola canción, o por una mercadotecnia perfectamente fabricada, o por distintas otras cosas que no corresponden a méritos individuales, pero esta fama por lo regular no dura ni una sola generación, es más, incluso en nuestra propia vida, con lo corta que es, podemos ver como nacen, se hacen famosos,  y después desaparecen en el olvido.

De lo anterior se puede concluir que no todo lo famoso es bueno y no todo lo bueno es famoso, de lo que se deriva que la fama realmente no tiene ninguna utilidad práctica y que, desde un punto de vista espiritual y humano, da lo mismo tenerla que no tenerla, porque la calidad humana no depende del grado de fama que uno pueda alcanzar en vida; y en cuanto a la fama que se pudiera alcanzar posterior a la muerte, es algo irrelevante, ya que no estaremos ahí para presenciarla, por lo que perseguir la fama, aún en detrimento de algunas otras cosas que son verdaderamente valiosas, resulta algo perjudicial y vano, y más que eso, hasta ridículo. Contentémonos con dejar una buena impresión a lo mucho en nuestros seres más cercanos, pero principalmente, incluso sobre eso, sintámonos satisfechos si al final de nuestras vidas, después de realizar un profundo y honesto ejercicio de reflexión, nos hemos dejado una buena impresión a nosotros mismos, porque la opinión que tenemos de nosotros mismos es la que debe tener más peso, y porque aunque digamos lo que digamos a los demás, a nosotros mismos nunca podremos engañarnos. Nuestra conciencia puede ser nuestra mejor aliada o enemiga en la vida, todo depende de qué lado nos ponemos: con ella o contra ella.

 
Deja un comentario

Publicado por en mayo 13, 2016 en Ensayo

 

Etiquetas: ,